martes, 28 de julio de 2020

RÍA DE NOIA Y MUROS - 4 - 5 DE JULIO

RIA DE NOIA Y MUROS:  4 - 5 de julio

Noia, Portiño, Parque del Corrubedo y Castro de Baroña. 4 y 5

El viaje Segovia - Noia, donde queríamos alojarnos, es de 5h 30mn, así que salimos pronto el sábado 11 para poder ya comer allí. Deseábamos recordar el sabor de las zamburiñas que el año pasado nos encantaron, estábamos deseosos de cambio de escenario, de clima, de ambiente, de marisco y, yo también, de agua de mar. 

Al entrada en Noia fue sobre las dos de la tarde, miramos un par de hoteles y dimos con el Elisardo, que ya lo tenía en mi lista de posibles hoteles. Nos ofrecieron un buen precio, una habitación aceptable (era sábado y parecía que había mucho reservado para esa noche; el resto de la semana, al contrario, todo disponible), y una promesa de cambio de habitación a otra mejor, si así lo queríamos.  Dormimos en la extensión del Elisardo, enfrente de la recepción, donde se habían hecho con un piso y acomodado como habitaciones. Era un primer piso de una calle por la que pasaba todo el tráfico de la villa, un ruido constante, pero la habitación estaba muy bien insonorizada. 

Aprovechamos a comer en el mismo hotel. Google le daba buena puntuación al Restaurante Elisardo y siendo ya tarde, decidimos comer allí. Ramón es el responsable del establecimiento y fue él quien nos atendió. Por supuesto que elegimos una ración de zamburiñas, merluza a la gallega y otra ración más. La de zamburiñas, con 10 unidades, estaba buena, pero no fue la mejor de la zona. Comimos bien, con una botella de Albariño que nos tomamos. El madrugón, el viaje, la comida y bebida nos invitaron a una siesta, antes de recorrer el pueblo. 

El centro de Noia es un conjunto histórico - artístico, pensado para pasear por él. Tiene calles estrechas, muchos palacios y casonas de estilo gótico, mucha zona porticada, y en toda esta zona hay un montón de bares - restaurantes que te incitan con sus terrazas a sentarte.  Y eso hicimos, en la Plaza do Tapal, de frente a la Iglesia de S. Martiño, uno de los dos monumentos que uno no puede perderse. Fue un momento "de lujo", sentados en una terraza, con un tiempo estupendo, de frente a esta iglesia - fortaleza, saboreando nuestras primeras vacaciones veraniegas. La importancia de esta parroquia está en la fachada, al ser una sugerente reinterpretación, tres siglos después, del Pórtico de la Gloria compostelano, con los ángeles y ancianos músicos que ostentan sus instrumentos.  De frente a esta fachada, disfrutamos de unos refrescos, antes de proseguir nuestro paseo. 

Recorrimos el casco antiguo, el paseo que llaman la "alameda", las pequeñas plazas y callejuelas, vimos algunos pazos urbanos, recorrimos el río Villacoba atravesando por algunos de sus puentes y vimos la ría desde el paseo que han realizado junto a ella. El tiempo y la ilusión nos acompañó toda la jornada. Acabamos cenando en el interior de uno de los bares porque las terrazas estaban todas repletas y la gente no parecía tener prisa en acabar e irse, así que dimos con una tortilla de calabacín y cebolla y unos pimientos de padrón que nos sirvieron de cena. 

Dormimos bien, el ruido no molestó, las noches son tranquilas y la gente y el tráfico se retira a horas prudenciales.   A las 12 de la noche, sólo quedaba un karaoke algo ruidoso por los alrededores. Las terrazas con gente estaban tranquilas. 

El día siguiente desayunamos en el hotel, un desayuno muy sencillo, sin pretensiones. Vimos la habitación que nos ofrecían y decidimos cambiar. Esta estaba en un 3er piso, super-luminoso,  con mucho ventanal y muy amplia. 

Una vez hecho el traslado fuimos derechos a la oficina de turismo donde nos encontramos a una guía que nos dio todo tipo de información, desde playas, hasta calas, de tascas a recomendación de restaurantes, paseos fluviales e información sobre la ría. Al ser domingo, tocaba mercadillo y eso no nos gusta perdérnoslo. Había puestecillos a ambos lados del rio Villacoba, de ropa, tiestos, comida, ... y el comercio estaba abierto, incluso el mercado local que nos encanta visitar. Allí disfrutamos de las pescaderías que exponen sus piezas de manera tan distinta a como lo hacen en el centro de la península. También  hay otros establecimientos, pero las pescaderías en las zonas marítimas son nuestra delicia, aunque solo veamos, sin comprar. Siempre hay pescado que no conocemos, tamaños que sorprenden, precios más asequibles y preguntamos por alguna especie que nos llama la atención. Además los nombres no suelen ser los mismos que nosotros conocemos, lo que nos hace siempre gracia. 
La otra joya de la villa es la Iglesia, o Igrexa como dicen por allí, de Sta María a Nova, con su museo de lápidas sepulcrales.  Es una iglesia del S. XIV, que contiene uno de los museos más singulares del mundo. A mí me resultó muy curioso la colección de losas de piedra que cubrían las tumbas con sus inscripciones, marcas y grabados, con signos y símbolos relevantes sobre el difunto.  Recorrimos, bueno recorrí yo con detalle todas las lápidas que había en la nave, pues a  Luis no le llamó la atención mucho este museo y me esperó fuera. Pongo una foto del folleto que ofrecen en la entrada, donde explican la clasificación de las lápidas. Yo encontré además ideas para hacer un dibujo en el suelo de nuestro jardín, con piedras de río. 

Decidimos salir de Noia y comer en Portosín. Google nos daba opciones, pero en domingo estaban todas las terrazas llenas, así que comimos A Casa do Tella e Rosalia (regular, un servicio estupendo, pero la comida no tanto) y descansamos un ratito debajo de unos árboles, a la sombra. Tras esto, pensamos en conocer el parque natural de Corrubedo. ¡Qué agradable sorpresa! ¡Qué lujo de playa!

Se deja el coche y hay dos itinerarios. Uno hacia la duna, más corto y sin acceso a la playa. El otro por un sendero de 10 -12 mn para llegar a la playa de Ladeira. Una playa virgen, de arena fina, cristalina y ¡fría! El sendero finaliza en la laguna de Carregal, donde el agua se mantiene más calentita y donde las familias pasan el día al ser aguas más tranquilas. Yo me bañé allí, pero la marea me llevaba hacia la salida al mar, así que decidí irme hacia allí en mar abierto con algo de oleaje, prácticamente en solitario. ¡Qué gozada de baño, qué maravilla! De vuelta al coche me fui secando al sol y al aire, uno de mis mayores placeres del verano. 

Viendo que estamos todavía con luz, sol y buen tiempo, decidimos ir al Castro de Baroña y desde allí, ver la puesta de sol. ¡Dicho y hecho! Fuimos y disfrutamos prácticamente solos del castro. Se accede desde un sendero y desde lejos ya se ve el antiguo castro, las murallas que erigieron y las viviendas de planta circular. Está a 19 Km de Noia situado en una pequeña península rocosa, de cara al mar.  Es un asentamiento que data de la Edad de hierro, habitado desde el S. I a.C.  Desde que bajamos del coche ya se percibía viento, así que nos pusimos toda la ropa que llevamos en el coche y nos vino muy bien. Soplaba allí en las rocas con fuerza y buscando entre las rocas algún rincón más protegido vimos la puesta de sol, pero no esperamos a ver los colores que va cogiendo el cielo, el viento era desagradable y volvimos de regreso, todavía con luz. 

Era tarde, puesto que anochece más tarde de las 10 de la noche, pero fuimos a Porto do Son, y  conseguimos cenar genial enfrente del puerto, en el restaurante Portonadelas, donde tomamos otras zamburiñas exquisitamente guisadas y una cazoleta de pulpo y almejas que estaba estupenda. Todo un acierto. Ya desde allí, al hotel de Noia a dormir.
El día ha sido completísimo.




























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