Marchamos a Pirineos con la intención de disfrutar de la montaña, de tranquilidad, realizar alguna ruta y visitar a mi amigo Fernando. La salida no se nos dio muy bien porque tuvimos que salir ya después de comer; siendo septiembre, se echa la noche muy rápidamente y nos pilló en Calatayud. Furgoperfecto nos decía que había un parking de autocaravanas, recién abierto que estaba muy bien y, en efecto, cuando llegamos lo comprobamos: con toma de agua y salida de residuos, además de asfaltado, llano y muy céntrico. Así que, nos fuimos a dar una vuelta por la ciudad y a tomar algo de cena en una de las terrazas del paseo central.
Al día siguiente, tras la compra de un edredón partimos hacia S. Nicolás del Bujaruelo. Como inciso tengo que contar que intentamos gastar en aquéllas poblaciones que se han acordado de las autocaravanas y han creado un área. Así que, si tenemos que comprar, lo hacemos en ellos; en este caso fue el edredón al margen, claro, de la cena y algún otro producto de alimentación.
Llegamos al camping del Bujaruelo donde ya el primer día “matamos el gusanillo” con una pequeña ruta, a modo de aperitivo. Viendo los mapas que tenían en el refugio, decidimos coger el camino hacia la cabecera del río Ara. El día era soleado, pero en cuanto uno se introduce en los cañones o en el bosque, se pierde mucha luz. La ruta fue bonita, por un sendero bien marcado, siguiendo el río y cogiendo altura poco a poco. En seguida uno se queda pequeño entre esas montañas. Estando rodeado de picos y árboles, se divisan ya otros valles, cascadas y praderas. El sol nos abandonó a la vuelta, solo los altos estaban iluminados. Era difícil hacer fotos por el contraste de luz, llevando por única cámara la del móvil, pero aun así, algunas de ellas merecen la pena mostrarlas.
El refugio nos permitió un vino que tras la ruta y antes de cenar nos sentó de lujo. El muchacho que lleva el refugio nos dedicó un buen rato a informar sobre las posibilidades de la zona. Nos habló del puerto del Bujaruelo, una ruta con gran desnivel, 960m, por un camino bien indicado y con unas vistas estupendas en la parte francesa donde hay un parking; nos recomendaba llegar al Pic de Tentea, desde el que se divisan muchos de los picos emblemáticos. Nos fuimos a la furgo con dudas, mil metros de desnivel es mucho; el chico decía que él tardaba 5 horas; para nosotros serían al menos 7. La duda no estaba tanto en la duración de la marcha, como en el desnivel que había. Durante la cena sopesamos la situación y decidimos intentarlo. Pensamos que si no lo hacíamos ahora, sería difícil hacerlo en otro momento.
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| Ruta a la Cabecera del río Ara |
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Ruta a la Cabecera del río Ara
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| Cabecera río Ara |
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| Ruta de Cabecera del río Ara |
A la mañana siguiente, provistos de ropa de abrigo ligera y con bocadillos y agua en la mochila, comenzamos el ascenso. El camino sale de allí mismo, atravesando el bonito puente románico de S. Nicolás, y siguiendo las indicaciones hacia el Puerto del Bujaruelo. Es un antiguo camino fronterizo. La pista comienza a coger altura desde el primer momento. En el primer tramo el camino discurre entre árboles, después cambia drásticamente y desaparece la vegetación; las laderas ya se muestran únicamente cubiertas de hierba, eso sí, en abundancia. Llegando a una gran pradera se puede seguir el curso del río y dirigirse al Bujaruelo o desviarse hacia la izquierda y alcanzar el Ibón de Lapazosa. Esto último es lo que hicimos. En este lago comimos, resguardados del aire en la hondonada creada por las propias montañas. Recobradas las fuerzas, rodeamos el ibón y seguimos subiendo hacia el Port Vieux. En la cresta, la panorámica es espectacular: por el lado español el ibón que habíamos dejado atrás, ya abajo y rodeado de montañas; en el lado francés, se contemplaba desde la altura el Lac era Uho, el aparcamiento y el monte del que nos habían hablado en el refugio. ¡Habíamos subido 1.000 metros, lo habíamos conseguido! Las vistas recompensaban el esfuerzo. Allí descansamos un buen rato, disfrutando del paisaje, de ese espectáculo al que solo se tiene acceso caminando, sintiéndote parte de esa naturaleza tan abrupta y tan impresionante.
Tocaba ya volver. El camino era el mismo y el desnivel también, ¡claro! Bajar fue interminable. No he contado que el camino era todo él de piedra suelta, que subiendo es duro, pero se realiza con más facilidad, la energía y la ilusión ayuda, pero la bajada….. Parecía que no se acababa nunca. Miraba hacia los valles y ríos, o los desfiladeros y praderas del fondo y daba la sensación de estar lejísimos. La vuelta se nos hizo dura, bajamos despacio, cuidando las rodillas, intentando no resbalar con tanta piedra y arena suelta. Tuvimos alguna bonita sorpresa, al ver alguna marmota y escuchar su “chillidos”. En todo el recorrido no coincidimos con casi nadie, así que los animales se encuentran más libres de salir de sus cobijos. Bueno, en fin, que sabemos que los regresos siempre son más largos, duros y difíciles que las idas, pero volvimos con luz, cansados y deseosos de una ducha y un vino, antes de partir hacia Torla donde pasaríamos la siguiente noche. La ducha después del esfuerzo es un gran placer y el vino, ya aseados y satisfechos de haberlo conseguido, muy reconfortante.
Había que salir de día porque el camino es estrecho, lleno de baches y agujeros, con ramaje bajo y era mejor hacerlo con luz, así que partimos hacia un aparcamiento cerca de la subida a la Pradera del parque de Ordesa, donde siempre hay muchas furgonetas y autocaravanas pasando la noche. Cuando llegamos había unas cuantas, pero siguieron llegando después muchas más. Allí hicimos estiramientos para prepararnos para la marcha del día siguiente.
En esta época del año, finales de septiembre, está permitido ya el acceso a particulares hasta La Pradera, donde está el aparcamiento y el inicio de la marcha. Esta ruta ya la conocíamos bien, la hemos hecho unas
cuantas veces, pero por más que se repita, no pierde un ápice de belleza; quizá al revés, va ganando, puesto que nos podíamos recrear mucho más en el paisaje y en cada tramo, reconociéndolo en la estación del año en la que estábamos. El otoño empezaba a pintar en las copas de algunos árboles, pero aún le quedaban unos cuantos días para que el estallara todo el colorido.
El Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido es Patrimonio Mundial de la UNESCO e incluye 4 valles: Ordesa, Añisclo, Escuaín y Pineta. El valle de Ordesa es el alma del parque y recorrer el itinerario es una maravilla, es precioso en cualquier época del año. Siempre hay mucha gente haciéndolo, gente de todo tipo, mayores, familias, niños, montañeros... Era sábado el día que la hicimos nosotros y estaba muy concurrido. Comienza el trayecto entre un bosque de hayas que es un espectáculo, con ejemplares muy viejos y esas ramas que se extienden en horizontal sin dejar que crezca nada debajo de ellas. Después vas ascendiendo con el río, asomándote a ver cómo corre el agua, o las cascadas que va creando, con miradores y caminos que te acercan a él. Las Gradas del Soaso son una preciosidad donde todo el mundo se para a realizar algunas fotos o a disfrutar del paraje. Una vez realizado todo el ascenso, ya llegando al final se divisa el Circo. Cuando viras en el último recoveco y descubres esta sorpresa, te quedas admirado de la inmensidad y belleza del lugar. Recuerdo la primera vez que la hice, no podía creer lo que veían mis ojos. Y este recuerdo lo tengo grabado muy profundo porque siempre lo recuerdo como una grandísima sorpresa. No imaginaba un circo de esas dimensiones allá arriba. Pues hoy, sabiendo ya el final, sigue siendo una maravilla dar ese giro final del camino y ver aquello. Hasta ahí pensábamos llegar, pero se nos hizo tan fácil y cómodo el camino, que decidimos acercarnos hasta la cascada del final, la Cola de Caballo. Llegar a la cascada es lo habitual, tomarse un refrigerio, hacerse múltiples fotos desde las distintas perspectivas.
Como el camino es amplio y cómodo, la vuelta es igualmente sencilla. Divisamos el circo y la enorme pradera desde la parte más alta del circo, para luego bajar hasta el mismo sendero de retorno. Volvimos ligeros, aunque parando en las cascadas y miradores que en la subida habíamos ignorado y ahora podíamos disfrutar mejor. Llegando ya al parking, tomamos una ensalada en la furgoneta y nos dirigimos a Boltaña donde Fernando y Mayte nos estaban esperando para pasar los últimos días ya juntos.
Fernando fue mi compañero de trabajo, mi director después y mi amigo desde el primer momento. Nos queremos mucho, a pesar de que han pasado años desde entonces. Teníamos que vernos, pasar un rato juntos y conocer su casa en el Pirineo. Maño, amante del montañismo y con el deseo enorme de poder vivir en algún lugar del Sobrarbe, consiguió realizar su sueño. Tiene una casa preciosa, con unas vistas estupendas y con una decoración que recoge su pasado y acopla minuciosamente, consiguiendo un ambiente acogedor. La vimos de noche, pero no quisimos perdérnosla con luz natural; había que sentir esa magia en ambos momentos; él estaba muy orgulloso de su nuevo hogar y lo comparte con su pareja, Mayte a quien le gusta también el entorno y la montaña y quien nos hizo sentir como amigos de siempre. Los cuatro pasamos un par de días estupendos.
Nos quedamos en el camping de Boltaña, pese a la insistencia de ellos de que durmiéramos en su casa. Querían compartir su casa plenamente con nosotros. Pero nosotros, con todas nuestras cosas en la furgoneta, preferimos “hospedarnos” en el camping, que está en el mismo pueblo y con muy buenas instalaciones. Recorrimos el pueblo, cenamos unas raciones en la plaza, nos contamos nuestras novedades de vida y familia y quedamos para el día siguiente. Cómo decía Luis: “¡qué hacemos con una pareja que viene a vernos un día en el que está todo el tiempo lloviendo!” Jajaja, pues lo disfrutamos; sí señor! Fuimos en su coche al Valle de Pineta. nublado, lloviendo, un día gris, gris…. Pero la montaña guarda sorpresas en todos los momentos. Caía tanta agua, que se habían creado multitud de riachuelos y cascadas; salía un broncho de una de las cimas, saltos de agua ente los desfiladeros y chorros; se veían como nervios de agua bajando por todos los lados. Ellos no habían visto Pineta con tanto agua y de eso me alegré, por lo menos descubrían algo nuevo.
Comimos tranquilamente, puesto que el tiempo no acompañaba para hacer ninguna actividad, pero la tarde nos fue dando un respiro y, aunque era un día oscuro, la lluvia fue amainando y pudimos pasear por Morillo de Tou y Ainsa. El primero es un pueblo antiguo del Pirineo, rehabilitado por CCOO y que ha respetado la arquitectura de la zona; cuenta con la iglesia, el parque, el bar y todo está acondicionado con apartamentos, albergue, etc, como centro vacacional. Nos hicimos unas cuantas fotos para enviarlas a los amigos.
Ainsa , la capital del Sobrarbe, es una villa románica. Se accede en coche hasta lo alto donde está el parking, de manera que se entra directamente en el casco histórico. Entrando por el castillo y desde la muralla, llegamos a La Plaza, que es una preciosidad, seguramente una de las clasificadas como de las más bonitas de España. Muy bien conservada y restaurada, tiene castillo y unas calles también muy bonitas que conservan su antigua edificación, con placetas, casas y palacios que muestran la historia de la villa, bancos de piedra a lo largo de las calles y todo ello empedrado y muy bien cuidado. El conjunto es precioso y un lugar de la zona que no se puede uno perder. Todo esto sin contar con la ubicación en la que se encuentra. Recorrimos Ainsa ya sin paraguas, caminando tranquilamente, sin mucha gente y disfrutando juntos antes de volver a Boltaña.
Cenamos esta vez en su casa. Nos prepararon una cena de productos de la tierra: tomates rosas del Sobrarbe, jamón de Teruel, queso de la zona, cerveza artesana Rondadora que realizan por allí, longaniza muy rica que no se parece a la de Castilla, etc… en fin, una reunión muy agradable, entrañable y regada con un poco de vino, por supuesto. Aquí nos despedimos porque al día siguiente nosotros emprendíamos la vuelta. Fernando nos dio algunas referencias de sitios a visitar en el camino de retorno y unos cuantos se nos quedaron para poder volver en otra ocasión,
Paramos en Ligüerre de Cinca, pueblecito similar a Morillo de Tou, pero a los pies del embalse del Grado, el paraje era distinto. Fuimos a Abizanda, pueblo medieval, famoso por su torre del S. XI, y que bien merece una visita si se pasa por allí; las fotos muestran su interés. La idea era visitar la encina de Lecina que ha sido premiada hace muy poco por su porte y antigüedad y luego ya saliendo del Sobrarbe, ir a Alquézar. La realidad fue que el tiempo se nos echó encima y solo hicimos parada en Barbastro. Sin mucho que reseñar de esta población emprendimos el regreso, ya sin paradas, hasta Segovia.
Un viaje corto, pero estupendo. En esta ocasión montañas, senderismo, campismo y Amistad. ¡Un buen cóctel!
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Abizanda
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Torre medieval de Abizanda y torre de iglesia
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Barbastro
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| Baños musulmanes. Barbastro |
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Pantano del Grado desde Ligüerre de Cinca
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