martes, 30 de noviembre de 2021

Valle de Ambroz y Valle del Jerte. Noviembre 2021

Comenzamos el viaje el 10 de noviembre y esta vez lo que buscábamos era el colorido del otoño. Teníamos ganas de paisaje, senderismo, de disfrutar del paisaje otoñal. Para eso, elegimos el valle de Ambroz, repleto de castaños y robles, además de algunos chopos en la parte más baja.

Nuestra primera parada sería Béjar, pero al pasar por Puente del Congosto nos sorprendió el castillo, así que paramos a conocer el pueblo; de esta manera descubrimos el puente antiguo sobre el río Tormes y el castillo en su margen izquierdo. Paseando por los alrededores del cauce se ven muchos restos de molinos de la industria textil que tuvo en su pasado.


Béjar
Puente de Congosto  










En el recorrido que hicimos, descubrimos la ciudad de Béjar, y Montemayor del Río, visitado nuevamente Candelario y Hervás y finalmente Plasencia, donde cerraríamos la ruta por el valle para iniciarnos en la vuelta, ya de manera más rápida, por el valle del Jerte.  
Palacio de los Zúñiga. Béjar

Me sorprendió muy gratamente Béjar, por sus vestigios de la industria textil a lo largo del río Cuerpo de Hombre, y desde donde empezamos a disfrutar del colorido de los montes de los alrededores. Es un pueblo grande, alargado, situado entre dos ríos, con plazas, calles, iglesias, conventos;  recorrimos parte de su muralla y puertas de acceso a la ciudad. En la Plaza Mayor se encuentra el Palacio ducal de los Zúñiga con una cámara oscura visitable. Nos acercamos a ver la plaza de toros, que al parecer es la más antigua de España, pero estaba cerrada. Sí descubrimos la villa renacentista de El Bosque, que se encuentra a las afueras y que merece la pena visitar; está en pleno momento de rehabilitación y ha sido una desconocida hasta hace poco. Hoy es una de las pocas, sino la única villa que queda de la época en una situación semejante a su origen.
Béjar nos aportó además un buen parking de autocaravanas ; alejado de la villa, en una zona muy tranquila, desde la que se divisa toda la ciudad desde el otro lado del cañón.  Allí pasamos dos noches.

Hicimos una visita exprés a Candelario. Allí pasamos la tarde paseando por sus empinadas calles y recordando los empedrados y las canalizaciones abiertas de agua, su plaza, las fachadas forradas de tejas o sus puertas de madera que protegen las viviendas de la nieve. 

En la oficina de turismo de Béjar nos recomendaron visitar Montemayor del Río e ir, fue todo un acierto. La localidad tiene un trazado con encanto, varias muestras de arquitectura tradicional, un castillo espectacular en lo alto del pueblo y todo él colocado en la ladera de un monte. La llegada al pueblo es bonita, pues  tiene una panorámica preciosa  y adornado todo ello en noviembre con el color de densos castañares.

Montemayor del Río
 La siguiente parada fue en Hervás. Allí no hay área de   autocaravanas, fuimos al camping, donde pasamos la   primera noche. Sí le tiene Baños de   Montemayor (a 10   km) donde pasamos la segunda y, de nuevo en Hervás,   un área en la antigua estación donde paran y   estacionan   muchas furgonetas, fue el lugar elegido para   la tercera   noche.   Hervás ya lo conocíamos. Era   sábado y estaba   repleto   de turistas y gente en las   calles. “Pateamos” sus   calles   y  recorrimos el barrio   judío que es grande y se conserva bien. En información turística nos dieron folletos sobre distintas rutas de senderismo e hicimos unas cuantas. Esta es la razón por la que pasamos 3 noches en la zona. La primera rutilla fue desde el puente de hierro de la Vía Verde. Tomamos un sendero todo ello empinadísimo, pero desde el que disfrutamos de una panorámica de la villa preciosa y de una ruta de un par de horas llena de color. ¡Una preciosidad! 

Paseo por el río y puente medieval. Hervás



Vista panorámica de Hervás





       
Barrio judío. hervás













Al día siguiente intentamos hacer la ruta titulada   “Bosques del Ambroz”. No tuvimos más remedio que con la ayuda de algunas indicaciones, nuestra intuición, y google maps intentar ajustarnos al recorrido. Había bastannte gente haciendo senderismo y fue bonito pasear entre castaños. La tercera ruta que hicimos fue a la Chorrera, a la que se asciende desde la Plaza del Convento de Hervás por un sendero asfaltado, hasta un albergue, estando en las cercanías el parking para el coche . Fue una ruta también en ascenso continuo de 1 hora larga. Es una de las rutas más típicas de Hervás. La Chorrera es el final del sendero (aunque allí descubrimos que se podía continuar más arriba); la recompensa de la ruta es la visión de  una cascada en un entorno bonito. 
Por la tarde y antes de seguir hacia Plasencia, fuimos a ver los Castaños del Temblar. Un excelente conjunto de castaños milenarios, al que se llega desde Segura de Toro. Una maravilla estar bajo esos ejemplares; se respira una gran serenidad y paz bajo sus ramas. Una visita que no se debe pasar por alto. Aprovechamos a pasear por el pueblo a la vuelta y ver el toro vetón que está en la plaza principal del pueblo.

La zona ofrecía un programa que denominan Otoño en RE mayor, (a mí me encantó el título) con distintas actividades por los pueblos a lo largo de varios fines de semana. Nosotros participamos en la visita teatralizada en Baños de Montemayor, en la que nos contaron la historia y gestión de las aguas termales desde tiempos remotos. Como ya he dicho antes, ofrece además parking para autocaravanas; es pequeño, solo tiene 4 plazas, pero tiene todos los servicios de aguas y sobre todo, se ha acordado de este tipo de turismo. Así que fuimos a dormir allí, cenamos de lujo en el bar Carlos en la plaza del pueblo con raciones muy curiosas; allí pasamos la jornada. Nos quedamos con ganas de entrar al balneario y aprovechar sus aguas medicinales, pero no pudo ser; estaba todo ocupado y reservado, así que queda pendiente para otra ocasión. 

Llegamos ya a Plasencia. Hay un parking enorme en la parte baja de la ciudad, al lado de un gran y largo parque que discurre con el río Jerte. El parking es para todo tipo de
 
Plasencia
vehículos, sin servicios de ningún tipo   para   autocaravanas. Allí pasamos una noche.   Recorrimos la calle principal y llegamos hasta el centro   para tomar algo de cena. La ciudad, un lunes, estaba   inactiva, no había gente por las calles, se veía muy   vacía.  La ciudad revivió por la mañana, ya con el   comercio activo, con luz y sol; aprovechamos a visitar   la catedral (vieja y nueva), y a pasear por plazas y ver   los restos de muralla.


Plasencia
La siguiente noche la pasaríamos en Navaconcejo, ya en el valle del Jerte, donde hay un área de autocaravanas que resultó estar precintado y, por tanto, inactivo. Estaba  en un lugar tranquilo y cerca del centro del pueblo, al otro lado del río Jerte, donde hay un paseo fluvial. Tuvimos que buscar otro lugar donde parar. 

En Navaconcejo hicimos la Garganta de Las Nogaledas. Parecía en principio que iba a ser un recorrido corto, pero tras llegar a la primera cascada descubrimos que el sendero seguía y estaba preparado con escaleras rústicas, con piedras y maderas que iba ascendiendo, así que seguimos la ruta. Fue una enorme y agradable sorpresa porque hay muchas pequeñas cascadas, miradores y un paraje espectacular. Ascendimos hasta cruzarnos con un camino rural que serpenteando bajaba al pueblo. Ya estaba anocheciendo, la luz iba desapareciendo, por lo que no seguimos por encima de este cruce y decidimos volver por este camino. La vuelta por el sendero de ascenso era entre altos árboles, oscuro y duro como para volver con poca luz. Así que, la vuelta fue fácil, con gran desnivel, pero por camino cementado. Esta vez, cenamos ya en la furgoneta.

La mañana se presentó nuevamente con luz y sol, como todos los días y tras un breve paseo fuimos a Jerte. Ahí donde está el parking para iniciar la marcha de la Garganta de los Infiernos han dejado una zona para autocaravanas. Ésta no aparecía ni en google ni en la app.  No nos hacía falta puesto que ya volvíamos a casa, pero el lugar estaba muy bien a falta de que funcionaran las tomas de luz eléctrica y el cajero para el pago del consumo de este servicio. Por ello, yo lo añadí en maps. 

La Garganta de los Infiernos sigue siendo preciosa. Aunque se haya hecho más veces, el recorrido es bonito y la zona de los pilones muy atractiva. Una vez allí descubrimos que la ruta continúa hasta Puente Nuevo y, más allá, hasta el Puente de Carlos V. Aunque dudamos si continuar, tomamos la buena decisión de darnos la vuelta, pues no llevábamos ni agua ni comida, eran ya las 14:00, y nos quedaba una hora de vuelta hasta el coche, por lo que no debíamos incorporar por lo menos un par de horas más. Es otra de las cosas que quedan pendientes para la próxima vez.

En definitiva, el Valle de Ambroz es una maravilla, en otoño por su colorido, además de por los pueblos que hay en su recorrido. Para que podáis disfrutar de él, he dejado las fotos y vídeos que están expuestas. En el primer vídeo hay un error que espero descubráis. El segundo mostrando el conjunto centenario de castamos. Para finalizar veréis un nuevo vídeo, esta vez paisajístico con los parajes que hemos ido viendo en nuestros paseos y rutas, 

Nos han quedado rutas por hacer:

- La Pista Heide que rodea la sierra de Hervás, debe tener una impresionantes vistas del Valle de Ambroz, puesto que tiene un gran desnivel de ascenso, pero luego gran parte del recorrido es por la parte alta, y ya más llana. Después, claro, hay que descender nuevamente.

- La Garganta de La Nogaleda, para realizarla entera, de manera tranquila y con más luz.

- La Garganta de Marta y la Cascada del Caozo, también en el valle del Jerte, son posibles rutas a realizar que nos sugirieron en la oficina de turismo de Navaconcejo.





viernes, 22 de octubre de 2021

Bujaruelo, Ordesa, Pineta y algo más. Octubre 21

 Marchamos a Pirineos con la intención de disfrutar de la montaña, de tranquilidad, realizar alguna ruta y visitar a mi amigo Fernando. La salida no se nos dio muy bien porque tuvimos que salir ya después de comer; siendo septiembre, se echa la noche muy rápidamente y nos pilló en Calatayud. Furgoperfecto nos decía que había un parking de autocaravanas, recién abierto que estaba muy bien y, en efecto, cuando llegamos lo comprobamos: con toma de agua y salida de residuos, además de asfaltado, llano y muy céntrico. Así que, nos fuimos a dar una vuelta por la ciudad y a tomar algo de cena en una de las terrazas del paseo central.

Al día siguiente, tras la compra de un edredón partimos hacia S. Nicolás del Bujaruelo. Como inciso tengo que contar que intentamos gastar en aquéllas poblaciones que se han acordado de las autocaravanas y han creado un área. Así que, si tenemos que comprar, lo hacemos en ellos; en este caso fue el edredón al margen, claro, de la cena y algún otro producto de alimentación.

Llegamos al camping del Bujaruelo donde ya el primer día “matamos el gusanillo” con una pequeña ruta, a modo de aperitivo. Viendo los mapas que tenían en el refugio, decidimos coger el camino hacia la cabecera del río Ara. El día era soleado, pero en cuanto uno se introduce en los cañones o en el bosque, se pierde mucha luz. La ruta fue bonita, por un sendero bien marcado, siguiendo el río y cogiendo altura poco a poco. En seguida uno se queda pequeño entre esas montañas. Estando rodeado de picos y árboles, se divisan ya otros valles, cascadas y praderas. El sol nos abandonó a la vuelta, solo los altos estaban iluminados. Era difícil hacer fotos por el contraste de luz, llevando por única cámara la del móvil, pero aun así, algunas de ellas merecen la pena mostrarlas.

El refugio nos permitió un vino que tras la ruta y antes de cenar nos sentó de lujo. El muchacho que lleva el refugio nos dedicó un buen rato a informar sobre las posibilidades de la zona. Nos habló del puerto del Bujaruelo, una ruta con gran desnivel, 960m, por un camino bien indicado y con unas vistas estupendas en la parte francesa donde hay un parking; nos recomendaba llegar al Pic de Tentea, desde el que se divisan muchos de los picos emblemáticos. Nos fuimos a la furgo con dudas, mil metros de desnivel es mucho; el chico decía que él tardaba 5 horas; para nosotros serían al menos 7. La duda no estaba tanto en la duración de la marcha, como en el desnivel que había. Durante la cena sopesamos la situación y decidimos intentarlo. Pensamos que si no lo hacíamos ahora, sería difícil hacerlo en otro momento.

Ruta a la Cabecera del río Ara

Ruta a la Cabecera del río Ara














Cabecera río Ara

Ruta de Cabecera del río Ara













A la mañana siguiente, provistos de ropa de abrigo ligera  y con bocadillos y agua en la mochila, comenzamos el ascenso. El camino sale de allí mismo, atravesando el bonito puente románico de S. Nicolás, y siguiendo las indicaciones hacia el Puerto del Bujaruelo. Es un antiguo camino fronterizo. La pista comienza a coger altura desde el primer momento. En el primer tramo el camino discurre entre árboles, después cambia drásticamente y desaparece la vegetación; las laderas ya se muestran únicamente cubiertas de hierba, eso sí, en abundancia. Llegando a una gran pradera se puede seguir el curso del río y dirigirse al Bujaruelo o desviarse hacia la izquierda y alcanzar el Ibón de Lapazosa. Esto último es lo que hicimos. En este lago comimos, resguardados del aire en la hondonada creada por las propias montañas. Recobradas las fuerzas, rodeamos el ibón y seguimos subiendo hacia el Port Vieux. En la cresta, la panorámica es espectacular: por el lado español el ibón que habíamos dejado atrás, ya abajo y rodeado de montañas; en el lado francés, se contemplaba desde la altura el Lac era Uho, el aparcamiento y el monte del que nos habían hablado en el refugio. ¡Habíamos subido 1.000 metros, lo habíamos conseguido! Las vistas recompensaban el esfuerzo. Allí descansamos un buen rato, disfrutando del paisaje, de ese espectáculo al que solo se tiene acceso caminando, sintiéndote parte de esa naturaleza tan abrupta y tan impresionante.

Tocaba ya volver. El camino era el mismo y el desnivel también, ¡claro! Bajar fue interminable. No he contado que el camino era todo él de piedra suelta, que subiendo es duro, pero se realiza con más facilidad, la energía y la ilusión ayuda, pero la bajada….. Parecía que no se acababa nunca. Miraba hacia los valles y ríos, o los desfiladeros y praderas del fondo y daba la sensación de estar lejísimos. La vuelta se nos hizo dura, bajamos despacio, cuidando las rodillas, intentando no resbalar con tanta piedra y arena suelta. Tuvimos alguna bonita sorpresa, al ver alguna marmota y escuchar su “chillidos”. En todo el recorrido no coincidimos con casi nadie, así que los animales se encuentran más libres de salir de sus cobijos. Bueno, en fin, que sabemos que los regresos siempre son más largos, duros y difíciles que las idas, pero volvimos con luz, cansados y deseosos de una ducha y un vino, antes de partir hacia Torla donde pasaríamos la siguiente noche. La ducha después del esfuerzo es un gran placer y el vino, ya aseados y satisfechos de haberlo conseguido, muy reconfortante.

Había que salir de día porque el camino es estrecho, lleno de baches y agujeros, con ramaje bajo y era mejor hacerlo con luz, así que partimos hacia un aparcamiento cerca de la subida a la Pradera del parque de Ordesa, donde siempre hay muchas furgonetas y autocaravanas pasando la noche. Cuando llegamos había unas cuantas, pero siguieron llegando después muchas más. Allí hicimos estiramientos para prepararnos para la marcha del día siguiente.

En esta época del año, finales de septiembre, está permitido ya el acceso a particulares hasta La Pradera, donde está el aparcamiento y el inicio de la marcha. Esta ruta ya la conocíamos bien, la hemos hecho unas
cuantas veces, pero por más que se repita, no pierde un ápice de belleza; quizá al revés, va ganando, puesto que nos podíamos recrear mucho más en el paisaje y en cada tramo, reconociéndolo en la estación del año en la que estábamos. El otoño empezaba a pintar en las copas de algunos árboles, pero aún le quedaban unos cuantos días para que el estallara todo el colorido.

El Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido es Patrimonio Mundial de la UNESCO e incluye 4 valles: Ordesa, Añisclo, Escuaín y Pineta. El valle de Ordesa es el alma del parque y recorrer el itinerario es una maravilla, es precioso en cualquier época del año. Siempre hay mucha gente haciéndolo, gente de todo tipo, mayores, familias, niños, montañeros... Era sábado el día que la hicimos nosotros y estaba muy concurrido. Comienza el trayecto entre un bosque de hayas que es un espectáculo, con ejemplares muy viejos y esas ramas que se extienden en horizontal sin dejar que crezca nada debajo de ellas. Después vas ascendiendo con el río, asomándote a ver cómo corre el agua, o las cascadas que va creando, con miradores y caminos que te acercan a él. Las Gradas del Soaso son una preciosidad donde todo el mundo se para a realizar algunas fotos o a disfrutar del paraje. Una vez realizado todo el ascenso, ya llegando al final se divisa el Circo. Cuando viras en el último recoveco y descubres esta sorpresa, te quedas admirado de la inmensidad y belleza del lugar. Recuerdo la primera vez que la hice, no podía creer lo que veían mis ojos. Y este recuerdo lo tengo grabado muy profundo porque siempre lo recuerdo como una grandísima sorpresa. No imaginaba un circo de esas dimensiones allá arriba. Pues hoy, sabiendo ya el final, sigue siendo una maravilla dar ese giro final del camino y ver aquello. Hasta ahí pensábamos llegar, pero se nos hizo tan fácil y cómodo el camino, que decidimos acercarnos hasta la cascada del final, la Cola de Caballo. Llegar a la cascada es lo habitual, tomarse un refrigerio, hacerse múltiples fotos desde las distintas perspectivas. 

Como el camino es amplio y cómodo, la vuelta es igualmente sencilla. Divisamos el circo y la enorme pradera desde la parte más alta del circo, para luego bajar hasta el mismo sendero de retorno. Volvimos ligeros, aunque parando en las cascadas y miradores que en la subida habíamos ignorado y ahora podíamos disfrutar mejor. Llegando ya al parking, tomamos una ensalada en la furgoneta y nos dirigimos a Boltaña donde Fernando y Mayte nos estaban esperando para pasar los últimos días ya juntos.

Fernando fue mi compañero de trabajo, mi director después y mi amigo desde el primer momento. Nos queremos mucho, a pesar de que han pasado años desde entonces. Teníamos que vernos, pasar un rato juntos y conocer su casa en el Pirineo. Maño, amante del montañismo y con el deseo enorme de poder vivir en algún lugar del Sobrarbe, consiguió realizar su sueño. Tiene una casa preciosa, con unas vistas estupendas y con una decoración que recoge su pasado y acopla minuciosamente, consiguiendo un ambiente acogedor. La vimos de noche, pero no quisimos perdérnosla con luz natural; había que sentir esa magia en ambos momentos; él estaba muy orgulloso de su nuevo hogar y lo comparte con su pareja, Mayte a quien le gusta también el entorno y la montaña y quien nos hizo sentir como amigos de siempre.  Los cuatro pasamos un par de días estupendos.

Nos quedamos en el camping de Boltaña, pese a la insistencia de ellos de que durmiéramos en su casa. Querían compartir su casa plenamente con nosotros. Pero nosotros, con todas nuestras cosas en la furgoneta, preferimos “hospedarnos” en el camping, que está en el mismo pueblo y  con muy buenas instalaciones. Recorrimos el pueblo, cenamos unas raciones en la plaza, nos contamos nuestras novedades de vida y familia y quedamos para el día siguiente. Cómo decía Luis: “¡qué hacemos con una pareja que viene a vernos un día en el que está todo el tiempo lloviendo!” Jajaja, pues lo disfrutamos; sí señor! Fuimos en su coche al Valle de Pineta. nublado, lloviendo, un día gris, gris…. Pero la montaña guarda sorpresas en todos los momentos. Caía tanta agua, que se habían creado multitud de riachuelos y cascadas; salía un broncho de una de las cimas, saltos de agua ente los desfiladeros y chorros; se veían como nervios de agua bajando por todos los lados. Ellos no habían visto Pineta con tanto agua y de eso me alegré, por lo menos descubrían algo nuevo.

Comimos tranquilamente, puesto que el tiempo no acompañaba para hacer ninguna actividad, pero la tarde nos fue dando un respiro y, aunque era un día oscuro, la lluvia fue amainando y pudimos pasear por Morillo de Tou y Ainsa. El primero es un pueblo antiguo del Pirineo, rehabilitado por CCOO y que ha respetado la arquitectura de la zona; cuenta con la iglesia, el parque, el bar y todo está acondicionado con apartamentos, albergue, etc, como centro vacacional. Nos hicimos unas cuantas fotos para enviarlas a los amigos.

Ainsa , la capital del Sobrarbe, es una villa románica. Se accede en coche hasta lo alto donde está el parking, de manera que se entra directamente en el casco histórico. Entrando por el castillo y desde la muralla, llegamos a La Plaza, que es una preciosidad, seguramente una de las clasificadas como de las más bonitas de España. Muy bien conservada y restaurada, tiene castillo y unas calles también muy bonitas que conservan su antigua edificación, con placetas, casas y palacios que muestran la historia de la villa, bancos de piedra a lo largo de las calles y todo ello empedrado y muy bien cuidado. El conjunto es precioso y un lugar de la zona que no se puede uno perder. Todo esto sin contar con la ubicación en la que se encuentra. Recorrimos Ainsa ya sin paraguas, caminando tranquilamente, sin mucha gente y disfrutando juntos antes de volver a Boltaña.

Cenamos esta vez en su casa. Nos prepararon una cena de productos de la tierra: tomates rosas del Sobrarbe, jamón de Teruel, queso de la zona, cerveza artesana Rondadora que realizan por allí, longaniza muy rica que no se parece a la de Castilla, etc… en fin, una reunión muy agradable, entrañable y regada con un poco de vino, por supuesto. Aquí nos despedimos porque al día siguiente nosotros emprendíamos la vuelta. Fernando nos dio algunas referencias de sitios a visitar en el camino de retorno y unos cuantos se nos quedaron para poder volver en otra ocasión,

                                         
Paramos en Ligüerre de Cinca, pueblecito similar a Morillo de Tou, pero a los pies del embalse del Grado, el paraje era distinto. Fuimos a Abizanda, pueblo medieval, famoso por su torre del S. XI, y que bien merece una visita si se pasa por allí; las fotos muestran su interés. La idea era visitar la encina de Lecina que ha sido premiada hace muy poco por su porte y antigüedad y luego ya saliendo del Sobrarbe, ir a Alquézar. La realidad fue que el tiempo se nos echó encima y solo hicimos parada en Barbastro. Sin mucho que reseñar de esta población emprendimos el regreso, ya sin paradas, hasta Segovia.

Un viaje corto, pero estupendo. En esta ocasión montañas, senderismo, campismo y Amistad. ¡Un buen cóctel!
Abizanda



Torre medieval de Abizanda y torre de iglesia


Barbastro


Baños musulmanes. Barbastro

Pantano del Grado desde Ligüerre de Cinca




martes, 12 de octubre de 2021

COSTA ORIENTAL DE ASTURIAS: DE LASTRES A COLOMBRES. Septiembre de 2021

 Amanecimos en Gijón, en el parking de autocaravanas y tras el desayuno de tostadas y café y seguimos nuestro rumbo hacia el este, fuimos a Lastres. La borrasca venía despacio, así que no nos alcanzaba.

Lastres es una villa que está orientada al mar ocupando toda la ladera y 
Stª Mª de Sábada
situando 
sus casas , casonas, palacios y demás construcciones en rellanos aterrazados, dando una visión de belleza al pueblo, tanto desde lo alto, como desde la costa y puerto. Desde la parte baja donde aparcamos fuimos subiendo hasta la parroquia de Stª María de Sábada y tras un descanso en esta zona verde, seguimos los indicadores del mirador de San Roque. Fue un ascenso empinado y continuo, pero las vistas merecieron la pena. Hay una pequeña ermita y una panorámica excepcional de la villa y de la costa. Aquí hicimos unas cuantas fotos. Había que disfrutar del lugar que tan esfuerzo nos había costado. ¡Jajajaja! El mirador cuenta con un pequeño área recreativa con árboles densos donde nos refugiamos del durante unos minutos. Bajamos por las calles principales, callejeando, siguiendo las calles que continuamente serpentean y bajando por callejones con estrechas escaleras. A mitad del recorrido se encuentra la torre del reloj; cuenta el pueblo con bastantes casas con grandes dinteles, miradores y balcones de madera. Una vez abajo, ya en el puerto, la caravana nos esperaba para seguir nuestro camino.

Lastres


Torre del Reloj



Lastres desde el mirador de S. Roque

Lastres desde el puerto









Y así llegamos a la Playa de la Espasa. El día era soleado, caluroso y bien merecía un baño. Yo estaba deseosa, no fuera a ser que se nublara y mi ilusión acabara por deshacerse. Esta playa tiene un acceso bueno; abajo hay chiringuitos con terrazas, una amplia zona de aparcamiento vigilada que hubo que pagar y acceso directo a la playa. En resumen, una maravilla. Así que, preparé un pisto con huevo que nos supo a gloria y allí, bajo los árboles en la zona recreativa comimos con mesa y mantel. Acabado el manjar, yo fui a pasear y leer a la playa, antes de darme el baño que tanto estaba deseando. La playa es ancha, larga, espaciosa, nos recordaba a algunas de Asia. No era grande el oleaje, pero sí había olas con las que entretenerse y saltar. ¡Qué rico el agua de mar! ¡Qué maravilla adentrarse en el agua y sentir su inmensidad! Igual de placentero es pasear al sol y al aire para secarse poco a poco. La buena suerte seguía de mi lado y en esta misma área había duchas y enchufes, de manera que pude quitarme la arena y la sal, lavarme el pelo y ¡secármelo!. Con esta sensación tan fresca, fuimos a pasear por el acantilado. Había un camino por lo alto, siguiendo la costa, que estaba transitado por muchos caminantes; un café – bar de copas nocturno muy curioso, a modo de fuerte de indios en su decoración, estaba en la mitad del recorrido. Ese paseo, con la montaña y sus verdes praderas a un lado y los acantilados al otro, fue una delicia con la que terminamos el día para dirigirnos a Llanes y dormir ya allí.

¡Comida casera!


          
Vista de la Playa de la Espasa


Panorámica de la Playa de la Espasa y acantilados

Playa de la Espasa

















Llegamos a LLanes. El parking de autocaravanas   está en la entrada y al centro no se puede acceder con ella, así que allí aparcamos y nos acercamos paseando. Hay dos caminos, uno por la costa, el Paseo de San Pedro, por el que se va divisando el acantilado y otro callejeando por la ciudad. Fuimos por el primero, que es un camino verde, con unas vistas estupendas en un día muy soleado que nos permitía disfrutar del aire y del mar. Al final de esta senda se encuentra el “Banco Mas Bonito del Mundo”. Es un espacio alto con un gran banco de piedra desde el que se tienen 360º de perspectiva, pudiendo contemplar la espectacular ubicación de LLanes: el Cantábrico, la ciudad y el fondo montañoso verde que cierra el espectáculo. Quizá sea esto lo más atractivo de Llanes, el lugar sobre el que está situado.

La villa tiene su centro histórico, comercial y turístico alrededor del Puerto y de la playa del Sobrón, ambos muy conocidos y frecuentados por público; los alrededores del puerto están repletos de bares, restaurantes y terrazas donde sentarse a comer o tomar una cerveza. Al ser un lugar tan turístico, las calles y callejas estaban muy animadas, a pesar de ser ya septiembre. Cenamos en una de los lugares típicos del pueblo, pero comer al día siguiente fue algo más complicado, por lo que finalmente fue en la furgoneta. Esta espontaneidad es una de las cosas que adoro de esta forma de viajar, decidir sobre la marcha, según lo que nos vayamos encontrando. 

El casco histórico es pequeño, con el recuerdo de una muralla y el Torreón que todavía se mantiene en pie. Cuenta también con palacios, casonas, una basílica y una plaza amplia, que muestran su historia remontándose al S. XIII y por lo que ha sido declarado Conjunto Histórico – Artístico. Un día en Llanes es un día de placeres sensoriales, siempre que elijas un mes no estival y un día laboral, pues somos muchos los viajeros que queremos disfrutar de estas villas. 

Paseo de San Pedro


Torreón de LLanes

Bajo El Banco más Bonito del Mundo

Vista de la Playa del sobrón

Puerto de Llanes



Nos esperaba ya Colombres para finalizar nuestro viaje por Asturias y fuimos directos allí a pasar el resto de tarde – noche y a dormir.

Tras comprobar el lugar donde aparcar, paseamos por el pueblo buscando además sitio para cenar. Elegimos un restaurante mejicano que tenía muchas y buenas valoraciones. A pesar de encontrarnos pocos transeúntes por las calles, no nos dieron mesa hasta pasadas las 11:00. Lo de la comida mejicana en Colombres tuvo su gracia; tuvimos que pedir consejo para elegir entre fajitas, tacos, enchiladas, tamales, nachos, burritos, ceviche… En fin, que no conocíamos nada, nos asustaba el picante, así que nos dejamos asesorar y estuvo genial una cena mejicana en una villa indiana.

Digo lo de indiana porque es así como la anuncian en turismo asturiano. Y descubrimos a qué se referían cuando paseamos a la luz del día por el casco. Grandes casonas, mansiones, quintas o fincas se distribuyen en el pueblo, con jardines con palmeras, casas inmensas que nos sorprendieron al desconocer la historia de la zona. Muchos jóvenes emigraron a América en busca de fortuna y siempre con la nostalgia de su tierra, fueron enviando sus ahorros para construir sus casas y mejorar la vida de sus parientes y vecinos. Así transformaron la pequeña aldea rural en una villa moderna con una arquitectura exótica, llamativa y llena de color. Una de ellas, la Quinta de Guadalupe de 1906, aloja hoy el archivo de Indianos – Museo de Inmigración. Aunque la entrada nos pareció un poco cara, la visita tiene mucho interés tanto como historia de los inmigrantes asturianos como por la documentación que guarda. En cualquier caso, para nosotros el mayor interés lo tiene la propia construcción y sus jardines, ambos increíbles. En Colombres se celebra en julio la Feria de Indianos, en la que no me importaría participar otro año. Seguro que hay un ambiente curioso y muy agradable.

Exterior de la Casa de los Indianos




Casa colonial en Colambres



                     Interior de la Casa de los Indianos


Interior de la Casa de los Indianos


 


Preguntando en turismo nos recomendaron la playa de La Franca para darnos un baño, pero luego el recorrido nos llevó hasta la de Pechón, ya en Cantabria y allí disfrutamos tanto de la preciosidad de la playa como de un baño riquísimo.
El viaje terminó con una comida casera en un paraje precioso. Así nos despedimos de esta comunidad que tantas delicias nos ha ofrecido. Tendremos que volver porque son muchas las cosas que nos “quedan en el tintero” tanto de la costa como del interior, de montaña, que esta vez la borrasca no nos permitió acercarnos.


Vistas del mar





Fin del viaje


Playa del Pechón



lunes, 27 de septiembre de 2021

COSTA OCCIDENTAL DE ASTURIAS: DE CUDILLERO A GIJÓN - Septiembre 2021

 Esta vez hemos elegido Asturias para pasar la primera semana de septiembre.  Un frente nos acosaba por el oeste y avanzaba lentamente hacia el este, así que comenzamos en Cudillero para ir ganándolo tiempo. El interior estaba amenazado también con tormentas, así que decidimos quedarnos todo el tiempo por la costa. 

Cudillero es una villa pequeña, instalada en la falda de una colina que caía sobre una pequeña bahía, aprovechada tradicionalmente para la entrada y salida de barcos pesqueros. Es muy, muy turística y, a pesar de estar en septiembre, había todavía bastante gente. Es muy 

Vista de Cudillero
fotográfica al estar toda ella en cuesta, con miradores en diferentes alturas y con salida al mar. Abajo del todo está la placita, muy recogida, con mucho encanto, llena de restaurantes y terrazas. Una vez abajo, se puede pasear por la costa, pasear por los dos muelles que cierran el puerto y al final del todo, sus talleres. En esta zona está  el aparcamiento para evitar el tráfico, puesto que son todo calles pequeñas, estrechas y empinadas. Tras él, unos metros más lejos, debajo del comienzo del muelle más largo, se encuentra el parking de autocaravanas donde pasamos la noche. 

Merece la pena visitar Cudillero, sobre todo si se puede evitar julio y agosto. Tiene mucho encanto, subir a lo alto y disfrutar de alguno de sus miradores. El primer día, al anochecer, sí refrescó mucho y tuvimos que abrigarnos; sin embargo, por la mañana, se podía pasear con un tiempo estupendo, incluso, ya fuera de Cudillero, yo me bañé en ese agua frío del Cantábrico. 

Tras unos estiramientos en un malecón y un paseo matutino por la zona del puerto, seguimos nuestra ruta. El destino era Avilés, pasando antes por alguna playa. Fue la playa del Aguilar, perteneciente a Muros de Nalón. Allí disfruté de un baño fresco, una ducha de agua dulce, que sabe tan rica casi como el baño, y de un paseo al aire y al sol. ¡Qué maravilla!


Cudillero desde el puerto

Playa de Aguilar (Muros de Nalón)

Llegamos a Avilés y fue una grata sorpresa. No esperábamos gran cosa de la ciudad. Turismo la promociona como la descocida y para nosotros lo fue, de ahí la sorpresa. Nos sorprendió la cantidad de soportales con los que cuenta. Casi todo el centro histórico cuenta con una acera , donde resguardarse de la lluvia y poder pasear. Esto le da un un sabor muy especial a la ciudad, podría decir incluso, romántico.  Cuenta Avilés con un gran parque, el Parque de Ferrera, que es en verdad un enorme jardín botánico con  praderas verdes y árboles de todas las especies, que compiten unos con otros para crecer y exponer sus ramas al sol.

Parque Ferrera
 Fue un placer pasear por el parque; a él se puede   acceder desde distintas calles de sus alrededores. 

 El   tercer asombro fue el centro Niemeyer, instalado   sobre   la ría y al que se accede sobre una larga y   moderna   plataforma o pasarela quebrada, que te va   subiendo y   acercando sobre la ría y al centro   arquitectónico. Este   centro tiene tres grandes   construcciones: el auditorio, la   cúpula y la torre, todo   ello sobre lo que se llama la Plaza.  Paseamos por el   exterior; en el interior había poca actividad que realizar en ese momento.  El centro Niemeyer contrasta en su arquitectura con la idea industrial que llevábamos y con el recorrido que habíamos hecho por la zona antigua.                                                

Centro Niemeyer

Auditorio Centro Niemeyer desde plataforma




Paseo y soportales del centro



Centro ciudad
















Marchamos hacia el Cabo de Palos, no sin antes disfrutar de un café en una de las terrazas del centro de Avilés. Habíamos planeado ver la puesta de sol en el Cabo de Palos y el ocaso nos dio la satisfacción de verlo desde lo alto de un acantilado. El acceso al cabo es fácil, tiene una carretera que llega hasta el faro; hay incluso una cafetería con terraza exterior. Desde el aparcamiento hay un camino que bordea un lateral del cabo; a lo largo de él se pueden elegir los lugares donde sentarse a contemplar el paisaje y eso es lo que hicimos. Había algunos grupos de jóvenes, de adultos y parejas, todos con la misma idea, divisar el horizonte y contemplar la costa y el mar desde lo alto. 

Anochecer en Cabo de Peñas
Cabo de Peñas










Elegimos Luanco como lugar para dormir y visitar y en 15 – 20 minutos allí estábamos. La villa tiene dos playas comunicadas por un paseo marítimo y separadas por un pequeño saliente donde está construida la iglesia de Santa 
María de Luanco. Es una parroquia original por cuanto tiene unos enormes soportales a ambos lados de la fachada principal de la que sale la torre que domina la plaza y el pueblo. Es también muy turístico, con muchos bares y restaurantes en las zonas de las playas. Tanto es así que, siendo septiembre, estaba repleto y tuvimos que esperar hasta tarde para poder tomar un par de raciones en alguna de las terrazas. Había bastante ambiente, aunque todo el mundo se fue dispersando a partir de medianoche.

Playa de la Ribera, Luanco

Iglesia de Luanco







Recorrimos Luanco de día, sus plazas, calles y playas. El día era soleado y la temperatura estupenda. Las vistas de las casas con sus miradores al mar se van apreciando a lo largo de todo el paseo marítimo. Al contrario que Cudillero, es plana y se extiende siguiendo la costa. Al final de la playa de Luanco, está el muelle que protege al puerto, hoy, deportivo.

Tras comer, nos fuimos a Gijón, donde pensábamos pasar un par de días. Serían ya las seis de la tarde cuando encontramos parking para dejar la autocaravana y pasar la noche. Por cierto, muy cerca del centro, a pocos metros de la llegada del río Piles a la playa.  Hay en Gijón, otro parking de autocaravanas, también gratuito, en el parque del Rinconín, que es tranquilo y está muy bien organizado. A éste fuimos la segunda noche.

¿Qué contar de Gijón? Fue una de las mayores alegrías del viaje. Llegamos un sábado. Muchas fueron las razones que lo acompañaron, pero la más importante fue el reencuentro con una antigua amiga, Olga, compañera de piso en tiempos universitarios y confidente de secretos en aquella época. Y como dice el refrán, parece que “el que tuvo, retuvo”, pues a pesar de los años sin vernos, no pocos, que fueron al menos veinte, la comunicación, quizá la complicidad, alomejor todas las vivencias compartidas, todo fue facilísimo. Parecía la continuidad de una quedada de la semana anterior. También fue un placer conocer a Chape. Más que conocer (que lo hicimos en nuestra juventud brevemente), charlar, compartir y redescubrirnos en otros momentos de nuestras vidas.

Con ellos PASEAMOS Gijón, con mayúsculas porque es una ciudad con un larguísimo paseo marítimo que recorre toda la playa de San Lorenzo, enumerando sus entradas hasta llegar al número ¿22? La playa es enormemente larga y continúa tras cruzar el río, con un paseo marítimo ancho que permite caminar en grupo e ir asomándose al mar. Nos enseñaron el monumento a la madre emigrante, tomamos una cerveza en uno de los bares que hay a lo largo de la playa de San Lorenzo donde conocimos a su hija (¡un encanto de niña!), y nos llevaron a ver la puesta de sol al mirador de la Providencia tras un paseo por el alto de la costa. Comimos en uno de los típicos merenderos asturianos donde se comparten raciones, vino o sidra y mesa al aire libre; terminamos el día visitando la Universidad Laboral,  impresionante por su tamaño, patios, escalinatas, instalaciones e historia. Olga estaba muy ligada a este edificio por su particular relación laboral con ella desde sus inicios como profesora de biología y geología. Nos contagiaron su entusiasmo por esta edificación. 

También tuvimos tiempo para nosotros solos; el domingo por la mañana fuimos al casco histórico: plaza Mayor y Ayuntamiento, el palacio de Revillagigedo, la estatua de D. Pelayo (rodeada de grandes edificios y que da acceso a la ciudad vieja) y el barrio de la Cimavilla que tiene mucho encanto, también con vistas al mar y desde el que caminamos hasta el cerro de Santa Catalina, donde se encuentra una enorme escultura de hormigón de Chillida y las antiguas construcciones militares. Fue un paseo matutino corto, pero muy aprovechado.

Fue un día y medio intenso, muy agradable y placentero donde descubrimos Gijón, una ciudad abierta al mar, y reactivamos una vieja amistad. 









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