lunes, 27 de septiembre de 2021

COSTA OCCIDENTAL DE ASTURIAS: DE CUDILLERO A GIJÓN - Septiembre 2021

 Esta vez hemos elegido Asturias para pasar la primera semana de septiembre.  Un frente nos acosaba por el oeste y avanzaba lentamente hacia el este, así que comenzamos en Cudillero para ir ganándolo tiempo. El interior estaba amenazado también con tormentas, así que decidimos quedarnos todo el tiempo por la costa. 

Cudillero es una villa pequeña, instalada en la falda de una colina que caía sobre una pequeña bahía, aprovechada tradicionalmente para la entrada y salida de barcos pesqueros. Es muy, muy turística y, a pesar de estar en septiembre, había todavía bastante gente. Es muy 

Vista de Cudillero
fotográfica al estar toda ella en cuesta, con miradores en diferentes alturas y con salida al mar. Abajo del todo está la placita, muy recogida, con mucho encanto, llena de restaurantes y terrazas. Una vez abajo, se puede pasear por la costa, pasear por los dos muelles que cierran el puerto y al final del todo, sus talleres. En esta zona está  el aparcamiento para evitar el tráfico, puesto que son todo calles pequeñas, estrechas y empinadas. Tras él, unos metros más lejos, debajo del comienzo del muelle más largo, se encuentra el parking de autocaravanas donde pasamos la noche. 

Merece la pena visitar Cudillero, sobre todo si se puede evitar julio y agosto. Tiene mucho encanto, subir a lo alto y disfrutar de alguno de sus miradores. El primer día, al anochecer, sí refrescó mucho y tuvimos que abrigarnos; sin embargo, por la mañana, se podía pasear con un tiempo estupendo, incluso, ya fuera de Cudillero, yo me bañé en ese agua frío del Cantábrico. 

Tras unos estiramientos en un malecón y un paseo matutino por la zona del puerto, seguimos nuestra ruta. El destino era Avilés, pasando antes por alguna playa. Fue la playa del Aguilar, perteneciente a Muros de Nalón. Allí disfruté de un baño fresco, una ducha de agua dulce, que sabe tan rica casi como el baño, y de un paseo al aire y al sol. ¡Qué maravilla!


Cudillero desde el puerto

Playa de Aguilar (Muros de Nalón)

Llegamos a Avilés y fue una grata sorpresa. No esperábamos gran cosa de la ciudad. Turismo la promociona como la descocida y para nosotros lo fue, de ahí la sorpresa. Nos sorprendió la cantidad de soportales con los que cuenta. Casi todo el centro histórico cuenta con una acera , donde resguardarse de la lluvia y poder pasear. Esto le da un un sabor muy especial a la ciudad, podría decir incluso, romántico.  Cuenta Avilés con un gran parque, el Parque de Ferrera, que es en verdad un enorme jardín botánico con  praderas verdes y árboles de todas las especies, que compiten unos con otros para crecer y exponer sus ramas al sol.

Parque Ferrera
 Fue un placer pasear por el parque; a él se puede   acceder desde distintas calles de sus alrededores. 

 El   tercer asombro fue el centro Niemeyer, instalado   sobre   la ría y al que se accede sobre una larga y   moderna   plataforma o pasarela quebrada, que te va   subiendo y   acercando sobre la ría y al centro   arquitectónico. Este   centro tiene tres grandes   construcciones: el auditorio, la   cúpula y la torre, todo   ello sobre lo que se llama la Plaza.  Paseamos por el   exterior; en el interior había poca actividad que realizar en ese momento.  El centro Niemeyer contrasta en su arquitectura con la idea industrial que llevábamos y con el recorrido que habíamos hecho por la zona antigua.                                                

Centro Niemeyer

Auditorio Centro Niemeyer desde plataforma




Paseo y soportales del centro



Centro ciudad
















Marchamos hacia el Cabo de Palos, no sin antes disfrutar de un café en una de las terrazas del centro de Avilés. Habíamos planeado ver la puesta de sol en el Cabo de Palos y el ocaso nos dio la satisfacción de verlo desde lo alto de un acantilado. El acceso al cabo es fácil, tiene una carretera que llega hasta el faro; hay incluso una cafetería con terraza exterior. Desde el aparcamiento hay un camino que bordea un lateral del cabo; a lo largo de él se pueden elegir los lugares donde sentarse a contemplar el paisaje y eso es lo que hicimos. Había algunos grupos de jóvenes, de adultos y parejas, todos con la misma idea, divisar el horizonte y contemplar la costa y el mar desde lo alto. 

Anochecer en Cabo de Peñas
Cabo de Peñas










Elegimos Luanco como lugar para dormir y visitar y en 15 – 20 minutos allí estábamos. La villa tiene dos playas comunicadas por un paseo marítimo y separadas por un pequeño saliente donde está construida la iglesia de Santa 
María de Luanco. Es una parroquia original por cuanto tiene unos enormes soportales a ambos lados de la fachada principal de la que sale la torre que domina la plaza y el pueblo. Es también muy turístico, con muchos bares y restaurantes en las zonas de las playas. Tanto es así que, siendo septiembre, estaba repleto y tuvimos que esperar hasta tarde para poder tomar un par de raciones en alguna de las terrazas. Había bastante ambiente, aunque todo el mundo se fue dispersando a partir de medianoche.

Playa de la Ribera, Luanco

Iglesia de Luanco







Recorrimos Luanco de día, sus plazas, calles y playas. El día era soleado y la temperatura estupenda. Las vistas de las casas con sus miradores al mar se van apreciando a lo largo de todo el paseo marítimo. Al contrario que Cudillero, es plana y se extiende siguiendo la costa. Al final de la playa de Luanco, está el muelle que protege al puerto, hoy, deportivo.

Tras comer, nos fuimos a Gijón, donde pensábamos pasar un par de días. Serían ya las seis de la tarde cuando encontramos parking para dejar la autocaravana y pasar la noche. Por cierto, muy cerca del centro, a pocos metros de la llegada del río Piles a la playa.  Hay en Gijón, otro parking de autocaravanas, también gratuito, en el parque del Rinconín, que es tranquilo y está muy bien organizado. A éste fuimos la segunda noche.

¿Qué contar de Gijón? Fue una de las mayores alegrías del viaje. Llegamos un sábado. Muchas fueron las razones que lo acompañaron, pero la más importante fue el reencuentro con una antigua amiga, Olga, compañera de piso en tiempos universitarios y confidente de secretos en aquella época. Y como dice el refrán, parece que “el que tuvo, retuvo”, pues a pesar de los años sin vernos, no pocos, que fueron al menos veinte, la comunicación, quizá la complicidad, alomejor todas las vivencias compartidas, todo fue facilísimo. Parecía la continuidad de una quedada de la semana anterior. También fue un placer conocer a Chape. Más que conocer (que lo hicimos en nuestra juventud brevemente), charlar, compartir y redescubrirnos en otros momentos de nuestras vidas.

Con ellos PASEAMOS Gijón, con mayúsculas porque es una ciudad con un larguísimo paseo marítimo que recorre toda la playa de San Lorenzo, enumerando sus entradas hasta llegar al número ¿22? La playa es enormemente larga y continúa tras cruzar el río, con un paseo marítimo ancho que permite caminar en grupo e ir asomándose al mar. Nos enseñaron el monumento a la madre emigrante, tomamos una cerveza en uno de los bares que hay a lo largo de la playa de San Lorenzo donde conocimos a su hija (¡un encanto de niña!), y nos llevaron a ver la puesta de sol al mirador de la Providencia tras un paseo por el alto de la costa. Comimos en uno de los típicos merenderos asturianos donde se comparten raciones, vino o sidra y mesa al aire libre; terminamos el día visitando la Universidad Laboral,  impresionante por su tamaño, patios, escalinatas, instalaciones e historia. Olga estaba muy ligada a este edificio por su particular relación laboral con ella desde sus inicios como profesora de biología y geología. Nos contagiaron su entusiasmo por esta edificación. 

También tuvimos tiempo para nosotros solos; el domingo por la mañana fuimos al casco histórico: plaza Mayor y Ayuntamiento, el palacio de Revillagigedo, la estatua de D. Pelayo (rodeada de grandes edificios y que da acceso a la ciudad vieja) y el barrio de la Cimavilla que tiene mucho encanto, también con vistas al mar y desde el que caminamos hasta el cerro de Santa Catalina, donde se encuentra una enorme escultura de hormigón de Chillida y las antiguas construcciones militares. Fue un paseo matutino corto, pero muy aprovechado.

Fue un día y medio intenso, muy agradable y placentero donde descubrimos Gijón, una ciudad abierta al mar, y reactivamos una vieja amistad. 









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